El Éxito no es a cualquier precio: Un taxista en Nueva York

El logro no puede ser conseguido de cualquier manera. Las metas, por más anheladas que sean hay que conseguirlas dentro de los valores de la organización. Ser exitoso es ganar con la conciencia limpia. Los que logran cosas siendo deshonestos no son exitosos, son deshonestos.

Compartir entrada

Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on facebook
Facebook

El éxito no es a cualquier precio (segmento del libro “No Más Pálidas. Cuatro actitudes para el éxito”).

Cuando se habla de éxito muchas veces se lo asocia a dinero o a posesiones materiales. El dinero puede ser parte del éxito y muy a menudo, una consecuencia, pero no es su esencia. Ese es un punto de vista materialista. Cuando menciono éxito en este libro me refiero a un estado especial de felicidad interna relacionado con los logros y la conquista de desafíos, me refiero a la autorrealización, a victorias personales y colectivas.

Estos desafíos son distintos para cada individuo. Lo que para unos puede ser un éxito, para otros, dependiendo de sus deseos e intereses, sus capacidades distintivas, de las oportunidades que tengan o del ambiente en el que se desarrollen, puede no serlo. En definitiva, se trata de metas a lograr. De cimas a conquistar. Y cada persona tiene sus propias cimas. Esas cimas casi siempre son desafíos que, en opinión de otros, resultan imposibles de alcanzar. Los hombres y mujeres que se ponen metas que otros juzgan de imposibles, son quienes progresan, se desarrollan a sí mismos y a los que los rodean. En muchos casos hacen descubrimientos, invenciones y, en todos los casos, son quienes mueven el mundo.

La manera de construir el éxito no es trivial. El fin no justifica los medios. No me gusta juzgar a la gente, pero no se trata de ganar a cualquier precio. Para ser exitoso, se debe ganar con la conciencia limpia. Algunos podrán discutir este punto. Dirán que mucha gente no tiene conciencia y que va por la vida disfrutando de fama, dinero y estatus sin que le pese en lo más mínimo. Yo no lo comparto. En el fuero íntimo de cada uno, estoy convencido de que existe esa conciencia. Y lo que podamos ver en la superficie, en este caso, no es indicador de lo profundo.

Se trata de lograr éxito genuino, de experimentar la felicidad del logro justo. Se trata de esa sensación interna de la cosa bien hecha. Se trata de la excelencia como valor y del valor de la excelencia. Se trata de la honestidad con todos y, más profundamente, con uno mismo. Se trata del respeto a los demás y con uno mismo. Se trata de emociones sanas. Cuando hablamos de todo esto, hablamos de valores. Y cuanto más “arriba” uno esté, más importantes son los valores. Son clave en la forma de lograr el éxito genuino y son clave para generar buenos líderes. En las organizaciones y en las naciones, los buenos líderes hacen una gran diferencia.

El éxito así concebido siempre debe lograrse sobre la base de valores. El éxito no es ganar dinero ni ser famoso a cualquier precio. El éxito no es “hacer la mía”. Una persona exitosa, además de obtener logros para sí, aporta valor a la comunidad.

Cuando se ambiciona el éxito visto como “ganar dinero” o “ser famoso” hay muchas tentaciones y hay muchos riesgos de descarrilarse. Y una de las mayores tentaciones es la de abandonar los valores, con consecuencias nefastas para el individuo y la comunidad.

Hay un cuento de un taxista de Nueva York que me gusta mucho. Resulta que un día un señor llega a Manhattan y toma un taxi desde el aeropuerto al hotel. Cuando entra a su habitación, se da cuenta de que perdió la billetera… Pocos minutos después, el teléfono suena y desde la recepción le avisan que alguien pregunta por él en el lobby. No esperaba a nadie pero igual baja y para su sorpresa se encuentra con el conductor del taxi, que se presenta y le muestra la billetera. Le dice: “Me parece que esto es suyo”. El hombre no lo puede creer. Abre su billetera, comprueba que está todo allí y alegre y agradecido, intenta sacar un billete para darle una recompensa, a lo cual el taxista lo interrumpe:

           “No, señor, por favor, no me dé nada”.

           Pero saca una libretita y un pequeño lápiz de su bolsillo y le dice:

           “¿Le puedo pedir un favor?”

           “Sí, claro”, dice el hombre.

           “¿Me puede decir todo lo que tiene en la billetera?”

El hombre, extrañado, comienza a detallarle lo que hay: dos tarjetas de crédito, 150 dólares…, etc. Mientras tanto, el taxista hace anotaciones en su libretita. El hombre, intrigado, le pregunta:

“Disculpe, ¿qué es lo que está escribiendo?”

El taxista responde:

“Simplemente llevo la cuenta de lo que me cuesta ser honesto…”.

He contado muchas veces esta historia, porque muestra que ser honesto tiene sus costos y uno de ellos es el dinero. Si uno quiere tener una empresa, un emprendimiento de largo plazo, tiene que saber que surgirán situaciones “tentadoras” como la que le surgió al taxista. Si uno es honesto de verdad, debe dejar de lado esas tentaciones y perder dinero. Hay que estar preparado para esto.

Nunca se deben dejar de lado los valores. En primer lugar, por una cuestión ética. Una persona que gana mucho dinero o logra fama de forma deshonesta, no es exitosa. Es deshonesta. En segundo lugar, por una cuestión práctica. Cuando se dejan de lado los valores, se daña la confianza y se hipoteca el futuro, y todos a la larga nos perjudicamos. Es aquella vieja frase de “pan para hoy, hambre para mañana”.

Esto que parece muy obvio, que éticamente es muy elemental, con frecuencia es dejado de lado.

La crisis financiero-económica que se desató últimamente (2007) a nivel mundial, más allá de todos los tecnicismos, en lo más esencial es una crisis de valores. Es la consecuencia de buscar el éxito a cualquier precio. Es la segunda vez en esta década que Wall Street nos enseña que cuando juntamos la creación de riqueza a largo plazo y la avaricia, prevalece la avaricia.

La historia del taxista en N.Y. ilustra de forma clara la conducta en los negocios. Los empleados y los ejecutivos en las empresas tienen mucha presión por resultados y se ven enfrentados, “tentados” a llevar adelante transacciones que resolverían seguramente muy bien sus números inmediatos. Allí es donde los líderes en la cima ponen a prueba realmente sus más profundas convicciones. Si llevan adelante esas transacciones, con la visión corta de los resultados inmediatos, quizás logren un alivio temporal, pero hipotecarán algo mucho más valioso: los valores. El mensaje que se da a los empleados es exactamente el opuesto al que se debe dar. Se está dinamitando la credibilidad de una empresa y de sus líderes. A veces este impacto tiene consecuencias irreversibles. 

En la situación global que vivimos, hemos sido testigos de esta crisis de valores, con consecuencias nefastas para muchas empresas cuyos líderes no estuvieron a la altura de las circunstancias y que impactaron no solo a sus empresas, lo que de por sí es muy grave, sino a todo el mundo.

Contenidos de la Entrada

¿Te gustó esta entrada? ¡Compártela!

Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on facebook
Facebook

Respuestas

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  1. Estimado Enrique, leer lo que escribiste hace que valga la pena estar en las redes. Habla de tu calidad de persona y tu capacidad de liderazgo. Justamente estoy leyendo el libro de Gonzalo Noya y me alegro por la gente que trabaja con ustedes. Comparto plenamente tu pensamiento. Chapeau!

    1. Estimado Néstor, muchísimas gracias por tus comentarios. Gracias por hacernos saber que lo que hacemos es útil. Esa es la mejor caricia al alma!… que nos llega y mucho. Espero que te guste el libro de Gonzalo…
      Exito!
      Abrazo
      E

Suscríbete al Newsletter de Xn

Mantente al tanto de próximos eventos, capacitaciones, y recibe artículos sobre liderazgo y gestión diréctamente a tu inbox. Jamás compartiremos tu información.